domingo, 12 de junio de 2016

A rastrojo hecho.

El vecindario del Marqués de la Ensenada registra una población jornalera en Andalucía del 73,4 por ciento del total. Ese mismo recuento en Lucena del Puerto ofrece un porcentaje del 83,3 por ciento. Los recuentos de 1752, del Catastro de Ensenada, y el de 1776, del municipio, ofrecen porcientos del 65,92 y del 67,26 respectivamente. Pequeñas hazas de olivar y viña, huertos, y algún ganado, constituyen la mayor parte de las haciendas de los braceros, con preferencia siempre hacia la viña, que rentabilizaban encerrando el mosto, y el ganado menor de cerda, cabra y las colmenas, además de los jamelgos de carga. El resto de la población rural, la realmente residente en las aldeas, tampoco es que vivieran en la opulencia, pero la posesión de ganado mayor y pequeñas explotaciones por encima del umbral de la subsistencia, les ofrecía otras posibilidades. La mayor parte de ellos poseen Bueyes y vacas de arada, y se diferencian porque registran tierra calma y viña que les permitía algún capital.
Las condiciones de miseria y hambre en que vivían no constituyen un hecho excepcional, eran las habituales y se agravaban por los temporales, sequías y catástrofes recurrentes que, golpeando siempre a la población más débil, concluían en hambrunas y epidemias generalizadas. La capacidad de consumo y ahorro eran prácticamente nulas, con unos  salarios que obligaban a que toda la familia colaborase en el sustento, y se consumían en la alimentación. Se ha estimado que en la segunda mitad del siglo XVIII el coste de los 2,5 kilos de pan necesarios para el sustento de una familia requería 3,25 reales diarios, mientras el jornal oscilaba entre 3,35 y 4 reales día.
Imagen tradicional de la siega
Pese a todo, en el pequeño universo local existían pequeñas situaciones de alivio. Por un lado, las enormes superficies concejiles de los baldíos propios y vecinos, permitían los pegujales de  “rozas” que, una vez sembradas y realizados los resalvos o valdices (cercas de vegetación y espinos), podían ser compaginadas con el jornal. También en los baldíos era posible hacer hornos de carbón, transportarlo hasta el embarcadero y venderlo. O sacar cepa para el mismo fin, ya fuera para uno mismo o a jornal, actividades que requerían mucha mano de obra e inversión, y que se pagaban a 3 reales de jornal diario y comida. Por el otro lado, las grandes superficies de tierra en manos de obras pías y eclesiásticas y algunos grandes hacendados forasteros, origen del problema de los jornaleros, permitían el acceso a algunos braceros a las parcelas que por ser demasiado pequeñas o encontrarse muy alejadas, no interesaban a los grandes. Tenemos constancia también de trabajos de esquilmo de viñas y descepos de parcelas de monte y olivar para jornaleros a cambio del producto o partes del mismo. La arriería y el transporte, por la proximidad del río y puerto estaban más extendidas entre los jornaleros de lo que recogen las fuentes e informaciones directas, pero quedaban muy desdibujadas por un cierto carácter estacional y subsidiario de otras utilidades que son las declaradas.
La existencia de algunas grandes fincas en nuestra localidad (La Ruiza, Parchilena,  Millares y algunos arrendamientos de obras pías) nos ha permitido rastrear algunos contratos de destajos de siega, que nos aproximan a las condiciones de trabajo de los braceros locales. Obviamente, la mayoría no requerían de la escritura y se celebraban verbalmente, y estos constituyen una modalidad y una parte mínima del total, pero no por ello dejan de ser representativos puesto que recogen las condiciones legales de la época y la tradición, como manifiestan expresamente en algunas de sus partes. Constituyen, pues, pese a su sistemática reiteración en lo esencial, una fuente de primera magnitud dotada de cierta flexibilidad y capacidad de adaptación a lo largo del tiempo y las situaciones históricas.
Los destajos comienzan fijando el número de hombres intervinientes, el precio y la modalidad de contrato,  habitualmente “a rastroxo hecho”,  siempre a satisfacción de dos personas que entiendan. En 1649 el monasterio de la Luz contrató con siete vecinos de una cuadrilla de Moguer por 2050 reales en tres pagos. En 1633 lo hizo con cinco vecinos de Lucena por 2117 con las mismas condiciones; pero también se hacía a jornal diario, 8 reales de vellón en 1667, o 9 reales menos cuartillo y 9 reales y medio la fanega de trigo  en 1656 y 1657, respectivamente. La otra parte del jornal, la que se cobra en espacie sólo se nombra completa en algunos contratos porque se encontraba muy asentada por la costumbre, variando las cantidades según los participantes. Los pagos del monasterio incluían en 1629.

  • Tres libras de pan por día a cada hombre (1.380 gramos).
  • Medio queso y una arroba de vino día para todos los trabajadores.
  • Dos cuartillos y medio de aceite por semana (7,85 kilos).
  • 7 cabezas de ajos cada día, una por trabajador.
  • Carne dos días a la semana
  • Pescado lo ordinario.


El destajo de 1633, para más participantes, pide 18 quesos y 18 ovejas para todo el contrato, y arroba y media de vino diaria, una media de 5 litros participante; “y  la arroba a de ser buen vino y la media no tan bueno”. En el pescado, sin embargo, para los “viernes e vegilias” no se muestran tan exigentes, “lo ordinario de lo que ubiere”, o darles de comer o pagarles cuatro reales para comprar comida.
El propietario de la sementera ha de poner el resto, carretas, bueyes, yeguas para la trilla, utillaje, y el zagal,  el muchacho que guarda el ganado, “a nuestro contento y el conbento lo ha de pagar lo que ganare el dicho agosto”.
El horario es también específico. En uno de los contratos de trilla, aviento y almacenamiento de los granos, se deja claro el mejor momento de la era:

“e sacar con la ora de sol, las tres de la tarde hasta las nueve de la mañana, y abemos de recorrer los rastroxos de día.”

Para la siega, en 1667, por el contrario:

“desde la ora que se estila y acostumbra por la mañana, hasta las onse del día, y luego sestear y descansar quatro horas (hasta las tres) y después segar hasta la campana de la oración”.

Los contratos con los vecinos de la localidad son similares, pero más parcos en información. En 1629 además del contrato del Monasterio poseemos tres contratos de vecinos, cada uno con sus peculiaridades. Sebastián Rodríguez Blanco contrata en la vega de Candón y la dehesa de la Ruiza la siega de 45 fanegas de trigo macho y 20 de cebada, puestas en gavillas:

“cada fanega de trigo que le segaremos nos a de dar y pagar un ducado y cada tres fanegas de sevada se an de entender dos de trigo, y al mismo respeto nos la a de pagar, de forma que nos a de dar sesenta ducados por quanto son todas sesenta fanegas de trigo contando tres fanegas de sebada por dos de trigo”

El propietario penaliza las faltas y puede sustituir los días perdidos por los peones, pero  Martín Álvarez y su Suegro, también para la Ruiza, contratan a cuatro trabajadores para que sieguen 80 fanegas sin levantar mano, permitiendo las faltas para “segar nuestros pegujales que para esto abemos de faltar los días que fuere menester” al mismo precio que el anterior. Diego Alonso Coronel, familiar del Santo Oficio, acuerda con otros cuatro vecinos para toda su sementera en el término de Niebla a rastrojo hecho, pagando a cuatro reales la fanega de cebada y a seis la de trigo, “e baja la mano de forma que de tres partes de paja llevaremos las dos a la gabilla y engabillaremos bien”.
La acumulación de trabajo en la siega y las características de la siega y la trilla pudieron influir en una cierta mejora de las condiciones de contratación y la paga, que insistimos, parecen muy asentadas por la costumbre. El resto de las faenas agrícolas debían tener sus propias reglas, pero no creemos que difirieran mucho: jornadas agotadoras de sol a sol, paga en metálico y en especie, y adaptación a la tarea. El vaquero del consejo, del que poseemos también varios contratos, cobraba en trigo y en salario, mientras que los peones de sacar la cepa para el carbón cobraban “tres reales cada uno de jornal i vino e viandas”. No era necesario más, se sabía y se entendía.
El universo jornalero local se extendió más allá de nuestras fronteras. Por el miedo al contagio, tenemos constancia de cuadrillas que acudían a la campiña de Jerez a la siega en los siglos XVI y XVII. En el siglo XVIII acudían a la campiña de Huelva, a Candón y a Beas, pero también a la vendimia en el Condado y Sanlúcar de Barrameda.
Durante todo este tiempo, ni mejoran, ni cambian las condiciones de vida. El bracero reproduce la misma vida rutinaria en el jornal, las rozas y los baldíos.


martes, 7 de junio de 2016

El meseguero de las rozas.

Las lejanas rozas constituyen en el entorno de Doñana, y en Lucena del Puerto, una de las manifestaciones más genuinas del derecho de gentes que el público en general desconoce y también el autóctono. Los archivos locales están plagados de documentación pero esta es muy parca en informaciones y poco útil porque se encontraba ampliamente asentada por la tradición de los pueblos y  las actas se limitan a reseñar lo que todos conocen y comparten. La tradición oral, pese a las numerosísimas imprecisiones y su corto recorrido temporal, ha constituido para nosotros un recurso inestimable que nos ha puesto sobre la pista de numerosas informaciones. Una de ellas, es la tradición del meseguero.
Chozas de Doñana, vivienda
estacional de guardas y  rozadores
Las rozas se realizaban en montes comunales en lugares muy alejados de los ruedos tradicionales, en lo que nuestras fuentes denominan “las arenas” o la “parte de la mar”, desde el carril de los Lobos hasta el océano. Los baldíos de esta parte, que eran de Niebla, y por ende de sus aldeas, y término jurisdiccional de Lucena, eran compartidos sin embargo entre los vecinos de Rociana, Bonares y Lucena del Puerto por derecho propio, y, ocasionalmente, moguereños y almonteños que ocupaban parcelas o lotes sobrantes cuando los repartos en sus tierras no alcanzaban. Tampoco quedaban muy claros los límites municipales, y la mezcla de gentes diversas y alimañas, hacían aconsejable guardar unas mieses que, una vez sembradas con la gotera del otoño (septiembre-octubre), quedaban abandonadas hasta la escalda de marzo. El guardián era denominado según la tradición oral, guarda de rozas, guarda venadero o meseguero, esta última denominación confundida con el guarda de las heredades, que obviamente no es el mismo, puesto que este último es un oficial del cabildo remunerado por el Consejo. El contrato que presentamos a continuación, único hasta la fecha, constituye la mejor prueba y la más antigua de su presencia y explica, sobradamente, el carácter del mismo.
El 13 de Noviembre de 1630 Bartolomé Hernández, portugués residente en Lucena, contrata con Francisco Hernández, viudo, Alonso Gil el Mozo, Juan de Lepe, Juan Rodríguez Garrocho, Esteban Martín Ambrosio, Juan Benítez Garrido, Alonso Díaz, Juan Martín Guerrero, Martín Alonso Vivas, Diego Ojuelos, y Pedro Molín:

“...Guardar todas las rrosas e sementeras que al presente tienen sembrados los bezinos de este lugar de Luçena en el sitio del Carbonero, dehesa de este lugar.... las quales dichas rrozas me obligo a guardar desde oi hasta primero de mayo del año que biene de mil y seisisentos y treinta y uno, por razón de que los susodichos me an de dar e pagar, por este dicho tiempo, dozientos y sesenta y sinco reales por mi trabajo.  Y tengo que guardar las dichas rrozas en tal manera que tengo de mirar por ellas, de forma que los ganados no hagan daños en ellas, y si lo hizieren tengo de dar quenta a mis amos del ganado que hiziere el dicho daño, y si no lo tengo de pagar yo, lo que declararen las vistas que ai de daño. Y se me a de obligar Alonso Díaz, vezino de este lugar....”

Durante el tiempo de guarda, que son seis meses, le han de procurar adelantar dinero para su sustento, cobrando el citado Alonso Díaz a cada uno de los propietarios la parte del “menseguero”, como aparece expresamente citado en dos ocasiones en el contrato. El salario en este periodo para los que arrancaban cepa en los montes de sol a sol son tres reales diarios y comida, pan, vino y “viandas”, mientras los salarios de siega en los contratos que poseemos, también a tanto alzado,  incluyen además de lo dicho aceite, carne de cabrito o cordero, ajos, queso y la ayuda de un mozo que se ocupe de las bestias. El salario es relativamente moderado aunque la labor de guarda tal vez pudiera ser compaginada con el trabajo agrario en el propio monte o en esas huertas que comenzaban a surgir en esta zona cerca de los arroyos y que ya adquirían  esos precios desorbitados para la época.


domingo, 5 de junio de 2016

Sobrevivir a la propia muerte.

En alguna ocasión nos hemos ocupado ya de la familia de Manuel de Cabrera y su descendencia, de amplia influencia en nuestra historia local. Hidalgo, Alcalde Ordinario y familiar del Santo Oficio, recaba en nuestra localidad por matrimonio con Ana Hilazo, de ascendencia bonariega y familia de labradores, y el posterior matrimonio con Isidora María García Coronel, que es quién hoy nos interesa. De todas maneras, no podemos perder de vista a la descendencia del primer matrimonio de don  Manuel, Juana, Francisco y Rosa de Cabrera, y a la del segundo, Ana María Cabrera, ni a la cohorte de hermanos y sobrinos de doña Isidora que intervendrán en esta historia.

Grabado alemán representando un entierro
En 1710, Manuel de Cabrera en nombre de Isidora María, elabora una escritura de concordia con sus cuñados sobre la liquidación de censos, hipotecas y cargas que pesaban sobre los bienes de sus suegros difuntos que ascendían a la nada despreciable cifra de 6.420 reales de vellón. El legado incluía una importante cantidad de  tierra que no  se especifica, sólo las cargas, y dos casas, dos bodegas y una gañanía (pajar o casa de campo) muy próxima a la calle de Malvas. Esta era la herencia de su hija Ana María.
Pero Ana María muere en 1627 dejando como su universal heredera a su madre. En su testamento recoge, además de diversa mandas a San Vicente y a Nuestra Señora de la Soledad (de la hermandad de la Sangre), la fundación de memorias de misas cantadas los días de San Isidro y Arcángel San Gabriel, impuestas sobre diez fanegas de tierra en el arroyo del Caño y otra memoria de misa cantada sobre “las casas bodegas que tenía en este dicho lugar en el barrio que se dize del Duque,  que lindan por la una parte con casas de Antonio Martín, vezino dél, y por la otra haze esquina con la que de dicho barrio ba a la yglesia, que sobre ellas quedase una memoria de misa cantada que se ha de decir en la parrochial de este lugar el día viernes de Nuestra señora de los Dolores de cada año....”. Ambas mandas, con las anteriores, suponen ya un capital importante.
Doña Isidora María, sin descendencia directa, decide otorgar testamento el 17 de septiembre de 1733 empleando todo el capital acumulado a lo largo de su vida a la salvación de su alma. Su entierro en la Capilla de la Sangre de la parroquia, amen de las honras y posas habituales, estuvo acompañado por todos los sacerdotes locales y las comunidades de San Francisco de Moguer y La Rábida, y Nuestra señora del Carmen de San Juan del Puerto, lo que debió constituir todo un acontecimiento local.
Entre las mandas consigna 1000 misas rezadas por su alma, personas a su cargo, intercesión y penitencias mal cumplidas, a tres reales cada una, repartidas, rescatada la cuarta parte de ellas para la colecturía local, por la parroquia de Moguer, la Meced de Sevilla, el Carmen de Trigueros, Santo Domino de Gibraleón y Niebla, y otras 500 misas a voluntad de sus albaceas, a dos reales de limosna. Ambas mandas suponen un capital de 4.000 reales de vellón, a lo que habría que sumar los importantes gastos del entierro.
No se olvida Doña Isidora María de la devoción de los Cabrera al Señor de la Sangre, con dos mandas adicionales destinadas a perpetuar su memoria:

“Yten es mi voluntad, que para siempre jamás, se le den en cada año a la fábrica de la parroquial de este dicho lugar seis arrovas de aceite para que se gasten precisamente en alumbrar la lámpara del Santísimo Cristo de la Sangre que se venera en dicha yglesia, cuyo pago a de ser a cargo de quién aquí se expresará”.
Yten es mi voluntad dotar, como doto, una memoria perpetua de misas, una en cada uno de los viernes de marzo de cada año, que se han de decir en la capilla del Santísimo Cristo de la sangre y an de ser cantadas con su miserere y vía sacra”…”

Consiga por limosna 6 reales de vellón que deben inscribirse en el libro de fábrica de la parroquia por cada una de ellas, “para que siempre conste y sea permanente”, y quedará a cargo de quien se dirá más adelante. Tras afirmar de nuevo que no tiene “herederos forzosos, por no tener ascendientes ni descendientes algunos, .....para que siempre conste”, es cuando realiza su principal idea o propósito:

“Yten es mi voluntad fundar, como desde luego fundo, un vínculo de todos los bienes raíces que yo tengo, como son las viñas, tierras de labor, casas y olivares, bodega y lagar, que los que son, consta de las hijuelas de los que me tocaron en la partición de vienes que se hizo por fin y muerte de dicho mi marido, y los que tocaron en la suya a Doña María Cumbrera y Cabrera (Ana María Cabrera), mi hija, a quién sobreviví y heredé como su madre y universal heredera, cuyos vienes, con las cargas de censos o memorias que sobre sí tienen, quiero sean vinculados y no se puedan vender, ni enagenar por motivo alguno, sino que siempre queden unidos y por (sí) de dicho vínculo, y el poseedor o poseedores que dél fueren, según haré los nombramientos y llamamientos específicos y genéricos, tengan la forzosa obligación de pagar la dicha memoria perpetua que llevo fundada y dotada de las seis arrovas de aceyte en cada año para alumbrar la lámpara de el Santísimo Cristo de la Sangre de la parroquial desta villa, y los ventiquatro reales de vellón de la otra memoria que también llevo fundada de las quatro misas cantadas en los quatro viernes del mes de marzo de cada año, con cuya obligazión dexo gravados los vienes de dicho vínculo que serán todos los raices que yo tengo y hubiere al tiempo de mi muerte”.

El capital vinculado se supone bastante importante puesto que alcanza a lo aportado del legado de su padre, marido e hija, pero como quiera que hasta la fecha no ha aparecido la partición de bienes del marido, sólo podemos suponerlo, aunque la suerte nos ha acompañado también en esta ocasión, como después veremos. En cualquier caso, constituido el vínculo, establece el orden de administración de su primera poseedora, Doña Josefa de Jesús García Coronel, su hermana doncella, vecina de esta villa y sus hijos o descendientes, si los hubiera, y a continuación cita prácticamente a todos sus sobrinos y hermanos vivos, y en su defecto, las hijas de Manuel de Cabrera, y después su hijo, siguiendo el orden sucesorio que ella misma establece: prefiere parientes legítimos a ilegítimos, la hembra al varón, y la hermana de mayor edad a la de menor, con su propio orden sucesorio troncal de familia, aunque otra hermana de menor edad tenga hijas mayores que la primera. Y excluye a:

“a los hixos que no sean lexítimos, y de lexitimo matrimonio, y a los que casaren que no sean cristianos viexos, y tengan la fea tacha de judios, moros, negros o mulatos o penitenciados del Santo Oficio de la Inquisición, porque a semejantes gentes las excluyo porque por la Misericordia de Dios, todos los parientes que llevo nombrados no tienen semejantes notas en su sangre…..”

No termina aquí el testamento y sus derivaciones, pues nos consta que manumite a varios esclavos antes de su muerte y otorga cuatro legados de 50 ducados a deudos  en bienes (2200 reales de vellón), además de ordenar a su heredera la manutención de María, Josefa y Juan del álamo, “hasta que las dos tomen estado y el varón aunque no lo tome,  cumplan la edad de veinticinco años, de los alimentos necesarios, de la comida regular, como es pan y carne, y la ropa necesaria para no andar desnudos ni indesentes, y que todo se gradue por a discresión y arbitrio de mi heredera sin que se le pueda obligar a que de más de lo que esta buenamente le peresiere. Y les encargo sean humildes y agradecidas y que me encomienden a Dios”.

Josefa de Jesús Coronel, administradora del vínculo, y moza soltera, sobrevivió poco a su hermana. En su testamento de febrero de 1740 otorgado en virtud de poder las mandas son muy numerosas, pero más modestas, destacando 500 misas rezadas por su ánima. Sin embargo, nos sorprende una declaración de deudas

“Yten declaro que, por muerte de Don Francisco Coronel, su hermano, y Doña Beatriz Antonia, de Espinosa de los Monteros, su mujer, quedó por heredera de un Vínculo que fundó el dicho su hermano y de su caudal, como consta del testimonio que otorgó en la Ciudad de Granada en treinta días del mes de noviembre de  mil setesientos y dose años, por ante Miguel de León Gamero, escribano de dicha ciudad, en el qual consta mandó se le dixesen quatro mil misas resadas de la tasa ordinaria y estas se pagasen de los réditos caídos de los dos sensos que constan de los dichos testimonios y porque la dicha doña Beatriz, mujer del dicho su hermano, y don Juan Salvador Sotomayor, su sobrino, cobraron la mayor parte de los caídos, y más de lo que debió persevir averse q(uitado) en un pleito que tuvo con dicho Juan salvador, sobrino de la expresada, e Doña Beatriz, sobre la posesión de dicho vínculo, por cuia razón y los crecidos costos que ocasionó dicho pleito, no ha podido mandar desir más de seiscientas misas que tiene pagadas. Declaró que, para descargo de su conciencia, se cobren los cuidos de ambos sensos asta el día de hoy y se depositen en el cura que es o fuere del lugar, como simismo lo que de oi en adelante reditaren, cuyos réditos no ha de poder persevir ni cobrar el dicho D. Joseph Coronel, su sobrino y herederos, hasta tanto estén pagadas las tres mil cuatrocientas misas....... con la advertencia que el caudal que grava el pago de dichas misas, solo es y se entiendan los dos sensos que están ympuestos; el uno sobre los propios y albitrios de la villa de Olvera, y el otro sobre los estados del Sr. Marqués de Valcarrota, ciudad de Moguer, y sus alcances, sin que sea visto que a los demás vienes que dexó dicho vínculo se le pueda pedir cosa alguna”

Otras mandas se ocupan de los hijos de Juan del Álamo y de la manumisión de esclavos, pero lo que ahora nos interesa es que nombra por su universal heredero a su sobrino José Coronel, vecino de Moguer, e hijo de Alonso Coronel, su hermano, que recibe  ambos vínculos, lo que a tenor de lo expresado supone ya una buena fortuna, aunque devaluada, ya que no puede atender los pagos.
El último capítulo de nuestra historia llega de la mano de un hecho similar que nos informa de la cuarta poseedora del vínculo, doña Inés Barba, sobrina directa de Doña Isidora, y  viuda de Juan Moro, con la cual tenemos una información precisa del capital vinculado en 1756. La incapacidad de los sobrinos y sobrinas para mantener el legado debió ser ya manifiesta 23 años después de su dotación, solicitando la susodicha la intervención de Corregidor de la villa de Niebla, y Capitán de Guerra de su Condado, para evitar su total pérdida valorándolos y dándolos a tributo perpetuo. Según la administradora, la mayor parte del capital se consumió en época de Josefa Coronel (Josefa de Jesús), hallándose en su época casi arruinada una de las bodegas y muy deteriorados los siguientes bienes:
  • La casa principal de Calle Malva.
  • Otra casa accesoria que linda con ella.
  • La casa lagar linde con casa de Juan Carrasco, “en donde está la basila y la caldera de cozer arrope, la que se halla rota, y toda la basila, que se compone de toneles, calones y tinajas”.
  • 34 millares de viña que llaman de arriba.
  • 15 millares de viña que llaman de abajo.
  •  4 fanegas de tierra que fueron viñas, al sitio de viña vieja.
  •  2 fanegas que fueron pinar.

En los autos que siguieron, Juan Carrasco, maestro alarife de Lucena, manifiesta que la bodega está hecha solar sin madera, ni materiales, “y dichas cassas están muy maltratadas y podrida mucha parte de sus maderas, y descuadernadas sus paredes y muchas de ellas apuntonadas (sic)….. y todas las viñas menzionadas se hallan perdidas, por cuio motivo no dan fruto, ni nada, y las dichas seis fanegas de tierra, consta el testigo, no hay quien las arriende por estar solas en dicha dehesa voyal y entre viñas…..” .El posterior aprecio de los bienes, realizado por diversos profesionales locales, otorga las siguientes cantidades. 
  • Casas Bodega de calle Malva, apreciada en   555 Reales de Vellón (rv) de cuya cantidad se rebajan 300 de principal de unas memorias de misas,  por tanto se valoran en 255 r.v..
  • Las casas principales de Malva, apreciadas en 7.739 reales de cuya cantidad se bajan 250 de una memoria de misa cantada anual, como también 1.468 de un censo de que se pagan réditos a Santa Clara de Moguer, por tanto se valoran en 3921 r.v..
  • Las accesorias a dicha casa, apreciada en 1.153 r.v..
  • Las casas lagares contados los aperos de lagar apreciadas en 2.305 r.v.
  • 11 toneles de arcos de hierro a 90 reales cada uno, 990 r.v..
  • 9 “sarlones” a 33 reales cada uno, 315 r.v..
  • 2 tinajas rompideras a 30 cada una, 60 r.v.
  • La caldera de arrope apreciada en 1000 r.v.
  • 12 millares de viñas  en callejón que va al pino a 225 cada millar, que importan 2600 r.v. Y hay que rebajar 800 reales de tributo a la fábrica de Almonte, que reducen a 1900 su valor.
  • 6 millares que lindan con tierras de las Perreras, a 150 reales cada millar,  900 r.v. libres de todo censo.
  • 6 millares que lindan con las anteriores, a 180, 1080 r.v..
  • 4 millares sobre las antecedentes a 150, 600 r.v..
  • 6 millares para componer los 34, del cercado de Arriba a 200, 1200 r.v.
  • 8 millares de las de Abajo, a 232, importan 872, de los que se rebaja 506 de principal de dos misas, por lo que quedan 1.356.
  • 2 millares de dicha cerca, a 150, 300 r.v..
  • Los 5 millares restantes, a 120, 600 reales de vellón.
  • Las 6 fanegas de tierra que fueron viñas, las 4 de la viña Vieja a 260, que descontados los 434 de tributo, queda 232 reales de valor. Las dos fanegas que fueron de pinar a 330, descontadas 253 reales de otra memoria de misa cantada. Quedan 77.

Por consiguiente el capital valorado, descontados censos, tributos y otras cargas alcanza la nada despreciable cifra de 18.214 reales de vellón libres (1650 ducados), más 5.051 de réditos, 23.265 reales de vellón de capital total. Si a ello sumamos los más de 5.000 reales, en estimación prudente, de las mandas del testamento de Isidora María, la cantidad invertida en la salvación de su alma rondo los 29.000 reales, unos 2.600 ducados. Ninguno de los capitales locales que hemos manejado alcanza esta cifra, pudiendo rondar el valor de su capital en el equivalente a la compra de 150 fanegas de tierra calma o más de 40 casas, con sus correspondientes pozos y corrales a mediados del siglo XVIII.
En 1786, el vínculo, denominado ahora en los documentos municipales de Ventura Coronel, aparece entre los hacendados forasteros con 142 fanegas de tierra y no se cita para nada la viña, es decir, que se perdió. Tal vez, por este hecho, no aparece entre los bienes desamortizados, al menos con este nombre, aunque pudiera haber sido asumido, con sus deudas, por la fábrica parroquial, puesto que ésta era la beneficiaria de las mandas y no son excesivas, sino todo lo contrario. El vínculo y sus mandas sobrevivieron a la propia muerte de la fundadora, pero en un estado lamentable y con su capital arruinado.
Pese a todo, el legado de doña Isidora María, la mujer que puso precio a su alma, no logró mantener su memoria. Nos queda el nombre, el paraje del vínculo, en el ruedo tradicional del municipio, aunque la mayoría de los luceneros desconoce el origen del topónimo.
La sustracción a la tributación de este importante capital constituía uno de los grandes problemas del municipio y era motivo de permanente queja de los regidores desde la fundación del monasterio de la Luz. Un quinto de la superficie municipal se encuentra en manos de obras pías y eclesiásticas, y con toda seguridad más de la mitad de la superficie cultivada, unas 2000 fanegas, calculando además los peritos municipales que unas 700 fanegas se arrendaban a vecinos de la localidad y foráneos a finales del siglo XVIII. Nada se podía hacer al respecto, la legislación castellana primaba las últimas voluntades sobre cualquier otra consideración y el negocio de la salvación de las almas se mantuvo, bien en boga, a lo largo de los siglos de la modernidad y aún después de quebrado el Antiguo Régimen. Los Cabrera, los Coronel, y los Barba, por separado o en el mismo tronco familiar, quisieron sobrevivir a su propia muerte constituyendo mandas, legados e importante donaciones eclesiásticas en las que aún seguimos trabajando.

miércoles, 18 de mayo de 2016

El inventario del zapatero-especiero.

Esteban Rodríguez, vecino de Niebla y residente en Lucena otorgó testamento ante Blas Hernández, escribano público y del cabildo, el  6 de agosto de 1635.  El documento tiene poco de particular; ordena su entierro, según costumbre, en la parroquia de San Vicente, con las  misas de rigor por su alma, deudos, y esposa difunta,  esta  última, ofrendada con un medio almud de trigo y dos cuartillos de vino.
Sabemos que era zapatero por la larga relación de pequeñas deudas que contiene, “todos los quales me deben de calsado y espesias y cosas de mi tienda”. Nombra por heredero universal de sus bienes a su nieto y a Simón Luis, su hijo, y de su legítima mujer María Gaga, casi con toda seguridad ausente, puesto que sus albaceas, el Capitán Antón Domínguez Limón y el cura Mateo Gómez Pancho, ordenan levantar inventario de sus bienes el mismo día 7 de agosto en presencia de testigos.
Y es aquí donde comienza lo interesante porque a través de ellos, obtenemos el pulso real del oficio en este mundo rural siempre tan limitado y con escasez de artesanos. Los útiles descritos, mezclados con los personales, que omitimos, y repartidos por dos domicilios, son los siguientes

“Primeramente un pedaso de suelas de serrada (baca) entero y otro pedaso de pellejo, también de suelas, de la ijada.
.....
Yten veinte y una hormas de sapatero y el boj.
Unas tijeras y un tranchete, y unas tenasas. Otro tranchete. (Chaira, cuchilla de zapatero)
Un libro de quentas y unas escribanías.
Dos suelas nuevas y una lima, y tres alesnas, y una aguja, y cuatro brocas, y una banqueta de quatro pies y un barril de echar aguardiente.
Yten unos sapatos de baqueta buenos y unas calsas de paño que traía prietas.
Un asperón (piedra de amolar) y otra horma pequeña.
.......
Yten otra cajeta serrada y en ella un papel con alquitina (goma)
Yten una madeja de hilo casero de haser sapatos.
Yten un lio de sintas asules de hilo.
Yten nueve pares de calsas de niño. Una cajeta de Milán vasia.
......
Un canuto con sinco gajas de sapatero”.

El género de la tienda y el propio concepto de la misma, puede sorprendernos, por su precariedad.  El género se presenta en forma de “caseta de tienda cerrada”, es decir, según entendemos, una especie de muestrario más o menos plano compuesto de casetones  o “cajetas”, donde se diferencia el producto y se clasifica. Obviamente, también se facilita el transporte a domicilios y a ferias, que las había, para lo cual el zapatero posee un borrico de color rucio bueno de carga. Abierta en presencia del albacea contenía lo siguiente:

“Un manojo de sintas moradas, otro de sintas blancas, el marco de pelar.
......
Un canutillo con agujas, un papel arrebujado con un poco de hilo portugués, otro manojo de tiretas de hilo azul para petos de mujer, otro papel con tres retasos de puntas y dos madejas de (ilegible), un rebujón de hilo asul para coser = en un cofresillo, seis dosenas de botones de seda de diferentes colores..... un manojo de obenillos de hilo.
Otro papel de seda para coser de color, un poquito de hilo asul de labrar, otro poco de hilo para coser de color asul.
...... otro papel con puntilla de hilo. Otro papelón de listones de diferentes colores. Otro papel de cordonsillos, otro de sintas delgadas de hilo encarnadas.
Otro papel de hilo enasijado, otro papel de hilo blanco de coser las teleguillas, sin cominos, tres topillos, una taleguilla con espique y de husema, otro pal de hilo blanco de coser”.

Y en casa de Martín Alonso Cardeña se hallaron los bienes siguientes:

“Yten otra cajeta serrada....
Yten un lio de sintas asules de hilo. Otro pal  lleno de alumbre.
Yten nueve pares de calsas de niño. Una cajeta de Milán vasia.
Una esportilla vasía de palma y un cohillo.
Una presena de hombre
.......
Un papel con seda asul y berde de uso.
.......
Y el capitán llevó la llabe, abriose otra cajeta y en ella se halló lo siguiente;
Unos sapatos de badana blancos y unas suelas de niño”

Queda la especiería, repartida por todo el inventario e igualmente interesante porque nos informa de la alimentación. Un poco de jengibre en un papel, un poco de azafrán en una caja de Milán, una caseta con clavo y canela, y en una olla culantro (cilantro) y otra olla de mostaza, que como el azafrán, aunque más comunes en esta época, y posiblemente más baratos, eran productos de importación en la zona. Aparecen también una olla de espigue (que podría ser espliego) y alhasema (¿alhucemas?, lavanda), ambas plantas aromáticas y con posible uso alimentario que también aparecen en el inventario de la zapatería (una taleguilla de espique y de husema), y otra olla de agrejas (acedera) una planta que se empleaba como condimento por su sabor ácido parecido al vinagre. Completa el inventario un peso de “pesar asafrán”, que por las características del producto, debía ser balanza, y de cierta precisión. No se incluye el alumbre, que se usa en la industria, la farmacopea y el tinte, y obviamente, tenemos dudas sobre la venta de unas  plantas aromáticas que en el mundo rural conocían todos, aunque podría tratarse de plantas recolectadas para su exportación.
En el inventario no aparece la pimienta, una especie que nos consta era habitual y usada. La razón es muy simple, era una mercancía estanca cuyo comercio otorgaba la corona en el reino de Sevilla a un administrador que a su vez nombra a factores locales. En 1607 el nombramiento recayó por primera vez, que sepamos, sobre Pedro Salvador para que “dentro de los doze días primeros de junio se traiga y tenga pimyenta en su casa para el dicho efeto de venderla en este lugar, lo qual asete y cumpla....”. En 1620 el ramo de la “prieta” (negra) lo obtuvo en arrendamiento por cuatro años Martín Alonso Reales, obligado a adquirir libra y media anualmente (690 gramos) a precio de compra de 8 reales la libra. Desconocemos el precio de venta de estos productos, pero desde luego no debió ser barato, aunque el bajo peso de las especies las hacía asequibles a la mayoría en pequeñas cantidades. En cualquier caso, su precio disminuyó a lo largo del siglo XVII.
Finalmente, el especiero tenía alguna curiosidad más. El inventario de sus bienes reseña un libro de Fray Luis de Granada, único que posee tales efectos con alguno de los párrocos de la localidad. La existencia de libros de cuentas y papeles en el propio documento demuestra que sabía leer y escribir, y esto sí que constituía una auténtica rareza en este mundo tan rural y tan limitado.


domingo, 15 de mayo de 2016

Jugar el toro.

En junio de 1632 Martín Álvarez, Antón Carrasco, y Juan García,  vecinos de Lucena,  se obligan a pagar a Don Lorenzo de Ávila y Estrada, contador mayor del Duque de Medina Sidonia, y a Juan Rodríguez Miranda, su hacedor, ambos vecinos de San juan  del Puerto, 100 reales de resto de una cuenta de:

Tauromaquia de Goya
“.... de un toro que el año pasado se le murió por achaque de aberlo traído con otros a jugar a este lugar, y aunque por parte del cabildo deste lugar, y por la nuestra, se consertó con el dicho Juan Rodríguez Miranda en tresientos reales, los otros dosientos se los tenemos ya pagados y satisfechos con una libransa que le abemos dado, que bale dosientos  reales para que se le paguen de los propios del Cabildo deste lugar...” .

Antón Carrasco, aunque no lo manifiestan en la escritura de obligación, era Alcalde Ordinario de este lugar, y junto con Martín Álvarez, había sido nombrado diputado el 3 de agosto de 1631 para la fiesta de la Luz, fecha en que se inutilizó el referido toro:

“... Para el día de Nuestra Señora de agosto que viene de este año se haga fiesta, y se  mate y agorroche un toro, y se peze y reparta la carne entre los bezinos, y si algo quebrare, se pague de los propios del Cabildo.... y que se juegue el toro el sábado venidero para el gasto de la carne”.

Nos consta el negocio de bueyes y bacas de arada del  Duque en las dehesas de Almonte y en el Bosque de Millares, algunas de cuyas escrituras de obligación nos han llegado, puesto que el pago solía ser en diferido, aunque no el ganado bravo. Y es que, en estas tempranas fechas, el ganado bravo no se criaba separado de los bueyes y bacas de arada, y esta era una actividad propia de grandes hacendados que disponían de las dehesas y prados necesarios. Es a principios del siglo XVII, cuando se crea la Real Vacada de Aranjuez, para nutrir las fiestas de los reyes y de la villa de Madrid,  y es ahora, cuando algunos individuos empiezan a vender toros para espectáculos, en cuyo concurso es fundamental la labor de los carniceros como conocedores del ganado. En este sentido, en agosto de 1633, el obligado de la carnicería de Lucena, Alonso Domínguez Gil, manifiesta al cabildo que,

“... quiere comprar un toro para que se juegue en este lugar el sábado venidero, que es bíspera del día de Nuestra Señora, y por qué el dicho Alonso Domínguez a pedido se reparta la carne del dicho toro entre los bezinos, y que la fiesta se haga en nombre del Cabildo, por tanto, acordaron que se haga dicha fiesta y que se reparta la carne del dicho toro entre los bezinos, y si para pagar la cantidad que costare el toro faltare algún dinero que se supla y lo pague el Consejo. Y para que cuiden de esta fiesta nombraron por diputados a Juan Bermúdez, regidor, y a Sebastián Rodríguez Blanco, para que se hagan las fiestas más bien, se hagan barreras en la plaza y traygan a peones”.


Estas citas constituyen, por el momento, las primeras referencias taurinas de nuestros archivos. Veremos que depara el futuro en lo que está aún por investigar.

jueves, 12 de mayo de 2016

El inventario de pesos y medidas.

El 27 de enero de 1631 el Alcalde Ordinario de este lugar de Lucena del Puerto, Antón Carrasco, hizo comparecer al Mayordomo del Cabildo, Alonso Domínguez, para entregarle los pesos y medidas en presencia del escribano público y testigos. Entre sus obligaciones estaban su guarda y custodia en su casa durante un año, su verificación y la entrega a cualquiera que lo exigiera para la comprobación de las transacciones comerciales.  Los medidas entregadas eras  los siguientes:
 
Medida de un quartillo  para de trigo
“El marco del Consejo, que pesa una libra, con su quarta, onzas y adarmes.
Una bara de medir con su caxa y dentro en ella.
La media arroba que es de cobre y de medir bino.
La media arroba de barro de medir aseite que está machanda  (SIC).
El quartillo y medio quartillo de medir bino.
El medio quartillo de cobre de medir aseite.
Una peza de hierro que peza dos libras, otra que peza una libra, otra peza que tiene o peza media libra.
La media fanega de tabla de medir trigo.
El Almud y quartillo y medio almud de tabla”

Y Alonso Domínguez las recibió y se obligó a entregarlas cada vez que se las pidan  y “si alguna pieza faltare, la pagará con su persona y bienes que para ello (se) obligó, y dio poder a las justicias de su Magestad que desta causa conoscan para que por  todo rigor de derecho le compelan y apremien a la paga y cumplimiento de lo que está dicho como por sentensia y cosa jusgada”. Nos consta, también por escrituras, que el cabildo pagó al comerciante Francisco González en 1630 cuatro reales por llevar los pesos y medidas a la capital para verificarlos, como manda las ordenanzas de 1504:

“... mando que el almotacén de la dicha mi villa e Niebla tenga el marco de las medidas de trigo e vino e aseite e de todas las semillas e varas e pesos e pesas, y que todos los almotacenes de todo su condado e tierra sean obligados de quatro en quatro meses, conviene a saber, primero de henero,, e primero día de mayo, e primero día de septiembre, vengan a la dicha villa de Niebla e traygan sus medidas e pesas a las requerir con el dicho Almotacén de Niebla, e así requeridas o llevadas de nuevo, si no las huviesen  tenido, señaladas con señal de fuego o de golpe de fierro, que sea señal conocida, la qual mando que tenga el almotacén de Niebla perpetuamente, e que no se mude la dicha señal, y le pague cada almotacén de los dichos pueblos los derechos que el dicho arancel o tabla contenidos, e los dichos almotacenes de los dichos lugares de tierra de Niebla, luego que fueren a los dichos sus pueblos, requieran las medidas e pesos como en la dicha ordenanza e arancel es contenido, llevando por las ver e tornar a sellar los derechos que el dicho arancel contenidos.”

Eran estas las funciones del Almotacén, vigilante de las transacciones comerciales, o del Fiel Ejecutor, también guardián  de pesos y medidas y las “cosas e ofisios de los dichos mis pueblo”, no del Mayordomo, que se ocupaba de la defensa de los bienes comunales y de propios, y la gestión económica del Cabildo. Todos, no obstante, eran oficiales municipales, por lo que posiblemente la falta de atractivo económico de estos oficios, pues cobraban de las multas y sanciones, motivara el abandono de los nombramientos y  el traspaso de sus obligaciones al otro cargo. El almotacén no tenía otras funciones, custodiar los pesos y medidas para dárselos a quién los pida, previo pago del correspondiente arancel, y comunicar al fiel ejecutor  o a al justicia, los malos usos y el fraude. 
Los pesos y medidas contenidas en el inventario no son los estándares y parece que sufrieron pequeñas variaciones a lo largo del tiempo. El denominado marco del Consejo, base de las unidades de peso, no es tal, lo es del Condado, y aun así, no ha sido fácil obtener las equivalencias por las numerosas variaciones temporales. Faltan algunas unidades de medida especiales, como la de los esparteros para redes y azadales, la denominada "vara de ocho palmos tirados", que no sabemos si es la misma que la normal, o la "gavera" de los adobes, según la medida de Sevilla, que no está, y era también su competencia.  En alguna de ellas, ofrecemos más de una alternativa, y debe tenerse en cuenta que al tratarse de unidades de medición de volumen varían el peso según el producto, por ejemplo, la fanega e trigo pesa 43,247 gramos, mientras la de cebada solo son 32,205 gramos.

Marco del Consejo:
Libra: 460 gramos de peso, compuesta de 16 onzas.
Onza: 28,75 gramos de peso, compuesta de 16 adarmes.
Adarme: 1,79 gramos.
Quarta: 115 gramos, compuesta de 4 onzas

Unidad de Longitud.
Vara castellana: 0,836 metros.

Unidades de medición de vino.
Arroba: 16,133 litros
Media arroba: 8,06 litros
Quartillo: 4,033 litros, cuatro cuartos componen una arroba.
Medio cuartillo: 2,016 litros.

Unidades de medición de aceite:
Arroba: 12,563 kilos.
Media arroba: 6,21 kilos.
Medio quartillo: 1,57 kilos (mitad de 1 quartillo, 3,14 kilos, cuatro de los cuales  componen una arroba). Sin embargo, también se denomina medio quartillo a la mitad de un cuarto de litro de aceite que pesa 129 gramos)
.
Unidades de medición de trigo:
Fanega: 55,501 litros, compuesta de 12 celemines.
Media fanega: 6 celemines.
Almud: 4,625 litros, equivale a 1 celemín.
Quartillo: 1,156 litros, cuarta parte de un almud
Medio Almud: medio celemín, 2,312 litros.


domingo, 8 de mayo de 2016

El patriótico ofrecimiento de la Primera Guerra de Marruecos.

La llamada guerra de África o Primera Guerra de Marruecos (1859-1860) despertó un amplio ardor patriótico por toda nuestra geografía que tuvo su reflejo en la Prensa y en la documentación oficial de la época. Esta primera guerra colonial en estas tierras se inició con uno de los habituales ataques de las tribus rifeñas a Ceuta, que fue aprovechado por el Gobierno O´Donnel para mejorar la imagen exterior de España, y beneficiarse políticamente del ambiente generado.
Publicación del BOPH con la lista del donativo
para los muertos en la Guerra de África
El castigo a los culpables, que ofreció el sultán de Marruecos, no pareció suficiente al gobierno español. Un cuerpo expedicionario de 45.000 hombres inició la invasión por Ceuta en Diciembre, y aunque se trataba de una expedición mal pertrechada, preparada y dirigida, bastó la superioridad militar española que concluyó, cuatro meses después, con la toma de Tetuán y el tratado de Wad-Ras. El número de bajas españolas se cifró en 4.000, aunque la mayor parte de ellas no lo fueron en combate.
Una ola de patriotismo y ultranacionalismo recorrió nuestro país de norte a sur. Desde que estalló la guerra, el Boletín Oficial de la Provincia de Huelva (BOPH) publica numerosas donaciones de particulares. El número 22 de 20 de febrero de 1860, continuando la lista de donativos hechos para la curación de los heridos de la guerra, contiene la relación de otorgantes de Lucena del Puerto de 2 libras y 29 onzas de hilo y  20 varas de vendajes, 129 arrobas de vino y lo que es más importante, 1620 reales para “el soldado, carabinero o Guardia Civil que se inutilice en la guerra de África, o para su familia en caso de muerte”.
Las actas del Ayuntamiento de este año prácticamente no aluden a la guerra. El único acuerdo al respecto es la compra de la obra Crónicas de la Guerra de África de Emilio  Castelar, ilustrada con láminas de gran tamaño por José Vallejo, "que se haya en el teatro de operaciones". Los ocho números mensuales, con un coste de 18 reales, contribuirán en las actuales circunstancias, según la corporación, a

“recoger los hechos y consignar las glorias que alcance nuestro ejército y el pueblo español en las guerras comenzadas, conservándolos en el archivo de esta municipalidad para que en todo tiempo muestre a los vecinos de esta villa las hazañas de sus hijos, los sacrificios del pueblo y para que les sirva de lección, asentando el sagrado deber de defender a la patria”.

El BOPH número 48 de 20 de abril consigna la creación de una comisión en Lucena para los hijos que se inutilicen en la guerra compuesta por el Alcalde, el cura, el médico y varios concejales, pero la guerra terminó a finales de este mismo mes. Habrá que esperar hasta agosto de 1862 para que el Gobierno Militar de la Provincia, a través del BOPH, cite al soldado Lucenero licenciado Juan Martín Macías para recoger una cédula y una medalla remitida por los jefes de su cuerpo. Los acuerdos de quintas de estos años no recogen los sorteos y los cupos. De los muertos y la suscripción, nada sabemos hasta finales de 1863, en que el secretario municipal recoge una misiva del Ministro de la Gobernación de 29 de febrero de 1860, comunicando la siguiente Real Orden:

“La reina, que Dios Guarde, se ha enterado de la comunicación de V.S. de fecha 11 del actual, participando que varios vecinos de Lucena del Puerto ofrecen mil seiscientos veinte reales para socorrer de soldados, carabineros o Guardia Civil de dicha población que se inutilicen en las guerras de África, para sus familias en casos de muerte, y de no alcanzar esta diligencia a ningún de ellos, para que sean entregados al más imposibilitado que haya en la provincia procedente de dicha campaña y he tenido a bien mandar de V.S las gracias en su Real nombre a las expresadas vecinos por tan patrióticos desprendimiento, lo que traslado a V. para conocimiento y satisfacción de los vecinos que han contribuido al donativo de que se trata.....”
 
Soldado de infantería
Primera Guerra de Marruecos
La corporación queda enterada y consiga en el propio acta los patrióticos ofrecimientos publicados en el boletín para “nuestras glorias de armas”, copiando, a continuación, la lista de los suscriptores de vendajes y de vinos, en este último caso, haciendo constar que  “los entreguen U.S. a las autoridades militares del distrito para el destino que proceda, dando cuenta a este ministerio de haberlas verificado” ,..... ! dos años después de finalizada la guerra ¡. A continuación, toda vez que se ha dado el caso previsto en el donativo de los 1620 reales,

“... por haber fallecido el soldado Vicente Molina Herrera, del Regimiento de Infantería del Príncipe, número tres, el veinte y seis de diciembre de mil ochocientos cincuenta y nueve, de resultas del cólera morbo, perteneciendo al ejército de África, en el hospital militar de Ceuta, dejando a su madre, Joaquina Herrera Macías, viuda y pobre, vecina de esta villa, por cuyo cupo fue soldado el expresado su hijo, y  Nicolás Arozarena Macías, soldado por el cupo de esta villa, de la tercera compañía, del primer batallón del Regimiento de Infantería de San Fernando, número once, muerto también el veinte y cuatro de enero de mil ochocientos setenta en el hospital militar de Málaga, enfermedad de cólera morbo, pertenecientes al ejercito de África, dejando a la vez a su madre Vicenta Macías Ramírez, viuda y pobre.....”

Según las órdenes comunicadas por el gobernador Militar de la Provincia en agosto de 1861 correspondía a la familia de cada uno de ellos una pensión anual de 730 reales, el llamado precio de la sangre de los reclutas del cupo, estipendio  determinado por la Ley de Recompensa Militar, que aunque nos resulte paradójico, establece las condecoraciones, méritos y medallas, por un lado, y los correspondientes haberes y pensiones militares por otro. El municipio, por su parte, nombra al Alcalde como comisionado para formalizar el donativo, y luego de verificadas las muertes, hacer entrega en acto público de la mitad de los expresados 1620 reales a cada una de las madres, y comunicar extremo, en seis días, al Gobernador Civil. Un decreto de Alcaldía, copiado en actas, establece los derechos “a Joaquina Herrera, por el recibo de la mitad del donativo, y la partidas sacramentales de defunción, que asimismo se lo da a Vicenta Macías, para que en todo tiempo conste y obre sus efectos”.

La sangre de los hijos de las clases sociales menos desfavorecidas regó ampliamente las tierras africanas, aunque en esta campaña el cólera mató más que las balas rifeñas. Con la Ley de reclutamiento en la mano las clases poderosas quedaban liberadas del servicio militar mediante una cantidad de dinero, la redención en metálico,  la sustitución hombre-hombre o los seguros de quintas que a partir de mediados de siglo avalaban las propiedades de los no tan ricos. En 1859 costaba redimirse unos 6.000 reales, por lo que sólo los jóvenes que no contaban con medios suficientes acabaron pisando el Rif y componiendo los cupos de las villas.