sábado, 10 de diciembre de 2016

Pobres de solemnidad

En aquellos años en que nos iniciábamos en la investigación en el Archivo Parroquial de Lucena del Puerto nos sorprendió la gran cantidad de pobres de solemnidad enterrados de limosnas en el hospital de la Quinta Angustia. Se distinguían rápidamente porque a la izquierda del nombre de les rotulaba la palabra Misericordia, no pagaban funeral, y la hermandad se encargaba de su sepultura en la ermita y decirles una misa de réquiem. Andados los años descubrimos que el ritual era más complejo, puesto que entre las obligaciones de los hermanos se encontraban el transporte en parihuelas de los cadáveres y el acompañamiento con las hachas (teas encendidas) hasta la sepultura.
Declaración de Pobreza de Diego de Gálvez
No tardamos en descubrir la absoluta desigualdad ante la vida y la muerte de los habitantes de nuestra localidad. La pobreza en el mundo rural y en la sociedad del Antiguo Régimen es estructural, consustancial a una tierra desigualmente repartida y a un mundo en que vales lo que eres o tienes. Es entonces, cuando cobraron sentido algunos de los mecanismos bien conocidos de caridad, pública o privada presenten en nuestra localidad.
Las actas de la hermandad de la Misericordia están plagadas de dotes a doncellas pobres, crianza de expósitos (niños abandonados) y repartos de carne y trigo, en épocas de necesidad y en festivos, especialmente las tres Pascuas. También incluían ropas a pobres vergonzantes, mujeres, huérfanos y viudas, y, en menor medida, ancianos e impedidos. El Cabildo no le andaba a la zaga, pero sus medidas estaban más destinadas al socorro de calamidades públicas, hambres y enfermedades, mediante el pósito (banco de trigo), aunque la intervención en la década de los ochenta del siglo XVI de la hermandad, alegando ser un patronato de legos, permitió al municipio actuar con más contundencia. Desde 1584 el Consejo de Lucena nombra a los “priostes”, mayordomos o administradores, uno lego y otro eclesiástico, que deben rendir cuentas a los regidores, y a partir de este momento las actas capitulares recogen actos de caridad como el ejemplo que traemos de 1632:

“por quanto algunos probes bergonsantes de este lugar tienen mucha nesesidad, para acudirles, mandaron y acordaron que del ospital de la Misericordia de este lugar se les de a cada uno dos reales de limosna.
Y los probes que son y quanto se les a de dar es como sigue: a Francisco Díaz, dos reales, a Leonor González, un real, a su madre, de Juan Ruiz, un real, a Leonor Díaz, un real, a Mensia de Bega, un real, a Isabel de Hordaz, un real, a Isabel Masías, un real, Constanza Márquez, la de Alonso Ruiz, un real, Francisca Martín, un real, a Juana Martín, un real, Ysabel Martín y su hija, dos reales, la del Herrador, un real, Elvira, la coxa, un real, Antona Martín, viuda, dos reales, a la casada, un real, a las sobrinas de Antón Suárez, dos reales, la soltera, un real, Catalina Díaz, un real, la Marciana, un real, Francisca de Bonares, un real, y la chicharilla, un real, la mujer de Pedro Martín de Beas, un real........”

En el siglo XVIII, recuperado el carácter religioso de la hermandad y expulsados los regidores de su gobierno, cambian los intervinientes, pero no el sentido de los acuerdos como puede observarse en uno de las actas de diciembre de 1741:

“dixeron que en atenzión a que el año próximo pasado se dio de limosna en esta próxima pasqua de Navidad ocho fanegas de trigo amasado y siento y veinte libras de carne de puerco a toda la pobrea y vezindario, en la misma conformidad se de este año de la fecha por el día primero de Pasqua....”

El acuerdo de 18 de Diciembre de 1766, un año especialmente malo por las “copiosas lluvias”, recoge donativos de ropa a medio centenar de viudas y huérfanas, y unos pocos ancianos impedidos y de mucha edad:

“Y asimismo, acordaron que el dicho administrador compre a María Gertrudis Fernández, de estado honesta huérfana y pobre, una saia de anascote negro con sus correspondientes aforros de olandilla; a Francisca de la Cruz, viuda, anciana y pobre, otra salla de dicha especie con los mismos aforros = A Ana Vicenta Pérez, de estado honesta y pobre, un manto de dicha especie = A Teresa Molina, viuda y pobre un manto de dicho género = A Isabel Herrera, viuda y pobre, unas enaguas de balleta buena común con sus correspondientes aforros de lienzo ancho y a Juana Ximénez, su hija, otras enaguas de dicha especie con sus aforros= A Francisca Pérez .....”

Además el mismo acta recoge el nombramiento de maestro de primeras letras, con cargo a la obra pía, y entregas de entre 80 y 40 reales a cinco mujeres casadas “por su general desnudez” y a una de ellas, María Vicano, mujer de Diego Pulido “por aver reconocido se ha puesto en estado  con mucha pobreza y miseria, que con recibos legítimos de su marido se le abonarán y harán buenos”, es decir, se casó pobre y sin dote.

Las condiciones de vida no parece que mejoraron a lo largo de este siglo, más al contrario. El padrón de 1719, denominado “calle Hita”, realizado casa por casa, entre 73 unidades familiares recoge siete viudas a las que se declaran pobres, seguramente a efectos fiscales, pero sólo una de ellas, con dos hijos, vive de limosnas. Estas unidades familiares, con otra compuesta por el impedido Pedro Martín de Burgos y María Tomasina, que también viven de limosnas, representan un 10,95  por ciento del total de los empadronados. Claro está que esto solo incluye a los muy pobres, los de solemnidad, y deja fuera a los pobres y a los braceros que no distaban mucho de los anteriores.
Pese a la abundancia de testimonios y el conocimiento directo de los entornos familiares, seguimos sabiendo poco de las condiciones de vida de este grupo tan numeroso. La razón es obvia, no intervienen en documentos, y cuando lo hacen, la enfermedad o la inmediatez de la muerte es su causa o lo hace la justica en su nombre.
Este es el caso de Mencia de Vega, que ya aparece en la relación de donativos de 1632, mujer de Marcial Quintero, que superó la edad de 75 años y murió sola. Por ello, la justicia levantó inventario de sus bienes cuyo escritura es el más breve de todas las encontradas:

“En 30 de mayo de 1634 murió Mensia de Bega. Quedaron por su fin y muerte los bienes siguientes:
Las casas de su morada en la calle del Castillo, linde Ysabel Hernández. Una caja de madera basía y una banca de quatro pies e un asnado de castaño = Una manto de anascote y una saya de cordonsillo = El serrojo de la puerta y unas baratijas en la caja. De estos bienes hiso ymbentario el lisenciado Calle, Alcalde de Niebla. Fue depositario de ellos, Alonso Martín Garrochena, vezino de este lugar....”

El matrimonio de esta mujer se alargó la friolera de 49 años con su pareja, que murió solo unos años antes, y tuvo nueve hijos de los cuales solo le sobrevivió uno, Francisco de Vega, que pese a que permaneció en la localidad, no se encontraba presente en el momento de su muerte. No tiene ni cama en sentido estricto, suplida por una banca de cuatro pies, sin ropa, ni mantas con las que abrigarse.
El caso de Diego Gálvez, alfarero, de ascendencia portuguesa, es similar. Viendo próxima su muerte realiza una declaración que suple al testamento y hace las veces de última voluntad:

“.....Y themiendome de la muerte que es cosa sierta a toda criatura umana y su ora verdadera, deseando estar prevenido para quando Dios nuestro señor fuese servido sacarme de esta presente vida y poner mi alma en carrera de salvación. Por tanto, por la presente declaro soi pobre de solemnidad y que no tengo bienes algunos de que poder tastar más que tan solamente los que se allaren en mi quarto para mi adorno y los peltrechos de mi ofisio de alfaarero que tengo por cierto no equibalen con mucho a pagar y satisfacer las deudas que tengo, por cuia razón suplico al presente escribano que en atención al cariño que siempre le e tenido y lo que e procurado de servirle me haga enterrar de limosna en el sitio, parte y lugar que quisiere y haga desir por mi alma las misas que fueren de su voluntad conforme confio y espero de su gran caridad, y para en el caso de tocarme alguna porzión de herenzia de mis padres, o de otra persona alguna, ynstituio, dexo y nombro por mis únicos y unibersales herederos en todos mis derechos y acciones y futuras subseziones a María Josepha, mi hija lexitima y de Agueda Cumbrera, mi lexitima mujer, y al póstumo de que se alla ensinta la dicha mi mujer, para que después de pagados mis deudas y satisfechos los gastos de mi entierro y demás que sea necesario, lo demás que quedare, lo aia la dicha mi hija y el póstumo saliere a luz con la bendición de Dios y la mía, y que me encomienden a Dios Nuestro Señor, todo lo qual declaro para el descargo de mi conciencia…..”


La pareja se casó en Lucena el 30 de abril de 1738. Diego Gálvez es hijo de Diego Gálvez y Josefa Villalobos, portugueses cuyo conocimiento delata una presencia larga en la localidad. Águeda Cumbrera era natural de Rociana del Condado y viuda de Juan de Monjas. Diego Muere el 25 de Octubre de 1740, dos días después del instrumento. Los hijos le siguieron Josefa de Jesús, nacida el 23-02-1739, y citada como María Josefa, el 2 de septiembre de 1742, y el hijo póstumo, llamado Diego Manuel José, nacido el 1 de febrero de 1741, el 30 de marzo de 1741, con menos de dos meses de vida. A partir de este momento nada sabemos de su mujer, que debió volver a Rociana con su familia, ni de sus bienes.

Ninguno de ellos aparece antes de este instrumento en las relaciones de pobres, ni entre los exentos de los padrones. La delgada línea de la pobreza se traspasa rápidamente en la sociedad del Antiguo Régimen.

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